un cuento


SALTÓ Y QUEDÓ
Saltó de la cama y quedó sentada, porque la despertó el sonido del teléfono, estaba sumergida en un profundo sueño para nada placentero. Soñaba con unos murciélagos que tenían las alas de colores, amarillas, rojas, azules y blancas, de repente no estaba sola y se vio rodeada de un grupo de jóvenes que parecía no importarles la presencia de los murciélagos, uno de ellos hizo un ruido con la boca y un murciélago de color amarillo se le posó en el brazo, ella quiso gritar, sintió asco, repugnancia, ganas de vomitar, hasta que los ojos del murciélago buscó los de ella y estando frente a frente pudo percibir por primera vez en su vida la mirada de la maldad. Fue entonces cuando sintió el teléfono y despertó. No estaba segura de saber donde estaba, si había finalizado el mal sueño o seguía sumergida en él. Contestó de mala manera y supo que quien hablaba al otro lado era la voz que había esperado durante mucho tiempo. Marita como estás, dijo la voz, y ella casi sin respiración pudo contestar –bien, pero es muy temprano para que llames- hubo un silencio de segundos y fue él quien decidió hablar –me gustaría verte, ya se que no debía llamarte pero créeme he estado esperando el mejor momento para hacerlo, te apetece verme?, venga, te esperaré donde siempre a las 6- Marita tenía mucha rabia, pero a la vez quería verle, sentía mucha atracción por Alfredo, y aceptó. Al colgar recordó al murciélago de alas amarillas que la miró fijamente en el sueño y en voz alta, aunque nadie la escuchaba dijo: -espero que no vengas con mala sangre como el murciélago, querido Alfredito, por que esta vez si que te corto los huevos-.
Encendió la tele casi que por inercia, y vio las noticias de última hora, todas iguales a las del día anterior, pero con nuevas víctimas inocentes de las guerras. Pensó en que vestido le quedaría mejor para ir a la cita con Alfredo y sonrió, era tan intrigante pensar como sería el encuentro que se le aceleró el corazón y tuvo unas ganas tremendas de llamarlo y decirle que mejor lo esperaba en su piso en quince minutos. Pero se contuvo.
Conoció a Alfredo una tarde de otoño, de aquellas que ya son grises y el viento se mueve con fuerza como anunciando el fin del buen tiempo.
Marita salía muy de prisa de una tienda en el centro comercial y en el escaparate de al lado estaba él mirando unos zapatos deportivos con detenimiento. Se cruzaron las miradas, sonrieron y ella pensó: -ese “man” está para comérselo- solo eso, es la verdad, así lo confesó una semana después cuando se volvieron a encontrar en la puerta del hotel Royal donde los dos sin saberlo asistían a la misma audición de piano.
Salieron a un bar y se sentaron en una mesa pequeña de hierro forjado que hacía juego con las sillas, un lugar acogedor y romántico, es decir perfecto para una primera cita –pensó Alfredo-. Quien desde niño ha sido un hombre de buenas costumbres, de un gusto exquisito y aunque no muy guapo, pero definitivamente encantador. Marita, siempre tenía una sonrisa en los labios, la palabra precisa, la contestación certera, le ayudaba mucho sentirse de ninguna parte, haber vivido en mas de cuarenta ciudades alrededor del mundo y no estar atada a nada ni a nadie.
Alfredo le preguntó por su familia y ella le contestó que su madre estaba feliz en Berlín desde hacía dos años con su novio nuevo y que su padre vivía en argentina torturando a una alemana que se había ido con él y que estaba arrepentidísima de seguirle los pasos, -pero todo es culpa de ella por que todos se lo advertimos-. Afirmó Marita.
El, que pertenecía a una familia más tradicional se quedó cortado y pensó que Marita aunque bonita le faltaba afecto. Ella que ya estaba acostumbrada a todas estas cosas lo notó y sonrió, diciendo:-se lo que estás pensando pero no creas nada raro, soy normalita mis padres me aman, mis hermanos también y cuando nos reunimos la pasamos de maravilla, vivo aquí en esta ciudad por que me ofrecieron un buen trabajo y cuando se termine pues ya saldrá otra cosa o me iré a otro sitio, al fin de cuentas, estoy acostumbrada ha hacerlo. Mi vida desde que era una niña ha estado marcada por los viajes, las maletas, el bullicio de ir de un lado otro, entonces es tan normal para mí no estar ligada a un sitio, no sentir arraigo, eso es lo más duro sentirse de tierra de nadie- al decir esto hubo un silencio que solo pudo romper el roce del cristal de la copa de vino tinto que Alfredo tomaba contra la mesita de hierro forjado. Pasaron casi dos horas hablando de muchos temas y Marita y Alfredo sentían que era una noche interminable, dulce, aunque el viento no cesaba de decir que ya no era buen tiempo. Después de dos botellas de buen vino y unos cuantos pinchos, Marita sintió curiosidad por saber si Alfredo tenía su corazón comprometido y sin más le preguntó: - ¿tienes novia, amante, amiga o como quieras llamarla?-. Fue directa y sincera con su sonrisa en la boca, entonces Alfredo también sonrió un poco sonrojado y le dijo que si le contaba estas cosas entones tendría que guardarle todos sus secretos. Fue entonces en aquel momento cuando decidieron hacer un pacto que consistía en contarse el secreto mas gordo que tuvieran guardado, nada perdían, no se conocían, no sabían que podía pasar después de esa noche y siempre era bueno desahogarse de algún secreto para liberar el alma. Marita propuso que el uno se comería la uña del dedo meñique del otro, con el fin de que si algún día a alguno se le ocurría abrir la boca la uña se enquistara en el estómago y les recordara que no se deben contar los secretos, se rieron y lo aceptaron, aunque a los dos les pareció un poco repugnante, pero dos botellas de vino hacen bien su papel.
Sin más preámbulo Alfredo le tocó la mano a Marita y le confesó: -me acostaba con tres mujeres a la vez, las amaba a las tres y las extraño a las tres, hace un mes las he dejado el mismo día y casi a la misma hora, después de mas de un año junto a las tres. -Eres un cerdo- dijo Marita un poco triste, pero a la vez con muchas ganas de escuchar la historia.
-Ya lo sé, por eso terminé con todo de una vez- le confió Alfredo. Pidió un gin tonic y mientras lo servían siguió su relato sin soltarle la mano a Marita como si esa mano fuera su único punto de escape. – Todo empieza con mi profesora particular de inglés, dieciocho años mayor que yo, casada, con dos hijos y con un mundo por delante que conocer, ella me contó que se casó muy joven al quedarse embarazada de su primer hijo, pero que le faltaba conocer, vivir sentir, da clases de ingles para pasar algunas horas fuera de casa, pero que no le faltaba de nada, su marido es un mujeriego que va y viene donde una y otra y a la mujer solo la tiene como un cuadro mas de la casa, ya no existe nada, ni pasión, ni deseo, ni afecto, ni nada, pero tampoco le deja, por que eso afectaría mucho su estatus social y económico, en fin, el típico caso de muchas mujeres que se casaron en los años setenta y que fueron infelices toda su vida por que no pudieron dar el salto a la libertad. Pues ella, que se llama Margarita quería que le enseñara el mundo del sexo real, del placer, de la pasión, no un polvo cada dos meses por cumplir como lo hacía el marido y yo acepté el reto. Así que mientras ella me enseñaba inglés yo le daba clases de sexo y te juro que era genial.- Marita no salía de su asombro y se reía, por que mientras Alfredo le contaba todo con detalles, ella se iba imaginando que Margarita era ella y pensaba que bien estás, que bien lo haces Alfredito…
Los interrumpió una canción interpretada por un enano con una flauta y otro con una guitarra ya roída por el tiempo, era una melodía parecida al tango pero que no llegaba a serlo y no se escuchaba nada mal.
Marita miró el reloj y se dio cuenta que era muy tarde, no quería irse, pero sabía que era lo mejor, había aprendido a tener límites, a colocarse ella misma sus propias barreras y dos botellas de buen vino y eran para ella mas que suficiente. Cuando los enanos dejaron de tocar, tomó la mano de Alfredo y le dijo: -te dejo mi número de teléfono para que me llames cuando quieras, te dejo escrito también el día y la hora que nos conocimos para que recuerdes siempre como el destino nos ayudó a encontrarnos y también te dejo un manojo de sonrisas para que de vez en cuando pienses en mí-.
El no pudo contener su instinto y quiso besarla pero Marita se apartó, prefirió dejar las cosas como estaban y esperar una próxima vez, si algún día se presentaría de nuevo.
Lo abrazó con fuerza y salió de allí caminando como si el viento la llevara, esa era la sensación de Marita aquella noche, se dejaba llevar de todo, el vino, la tortilla de patata, los bombones de chocolate, Alfredo, Margarita, los enanos, la música, el viento, en fin por toda la maravillosa velada que acababa de pasar.
Antes de acostarse pensó en Margarita, en lo enamorada que podría estar de Alfredo, en como sería su cara y en la cara de las otras dos que ni siquiera quiso escuchar sus historias y reflexionó:- Definitivamente por amor se hace lo que sea, hasta partir los huesos de un muerto sagrado si es necesario. Por amor se desangra el cuerpo y hasta se aguanta hambre por necesidad. El amor es tan jodido, que no tiene horario ni suficiente razón como para dejar de hacer las cosas. Por culpa del amor, el universo ha exterminado razas enteras, se han perdido tantas vidas y se siguen acabando reinos; pero aún así solo el amor es el único dueño de todos los días-. Y se durmió.
En la mañana siguiente estuvo ansiosa, quería de verdad que Alfredo la llamara y trató de distraerse trabajando sumergiéndose en un mar de papeles y hablando poco. Pero aún así escribió en su agenda: “las barreras, murallas, estolones, paredes de cemento, te quiero… una sonrisa y el pensamiento carcomiendo como un gusano hambriento la inercia de la duda. ¿ME AMAS? Hasta que punto, hasta cuando vas a seguir jugando con las dos morales, cielo o infierno… te paseas las calles y sonríes conmigo mientras piensas en otras cosas. Toma una decisión. No se puede pasar uno la vida jugando doble, besando y acuchillando al tiempo a la misma serpiente. Cuidado sonrisa por que es mejor cortar de raíz que abrir huecos dolorosos en un juego peligroso”.
Pensó en entregárselo en el siguiente encuentro, que además lo deseaba con todas sus fuerzas, pero al final decidió romperlo y tirarlo a la basura. Era mediodía de un otoño frío, quería pensar en todo menos en él, pero era imposible. El teléfono sonó mientras ella hablaba con una compañera, y se quedó helada como si hubiera querido esto más que a su gato. Antes de contestar, su sexto sentido le aseguró que era él y efectivamente sin ninguna duda Alfredo la invitaba a comer, le dejó la dirección y cortó sin decir más. A Marita le importaba poco lo que le dijera, lo más emocionante era que lo volvería a ver.
Cuando llegó al lugar indicado, pudo ver a través del espejo con el resplandor del sol el brillo de sus ojos, bajó del coche y lo abrazó en silencio, lo besó despacio sin ninguna prisa y el encantado de tenerla cerca se dejó. Sonrieron juntos mientras les temblaba el cuerpo, los abrazos tímidos empezaron a llegar y luego los abrazotes duraderos, vinieron mas besos suaves y sinceros, sin decir palabras caminaron hasta la mesa que tenía Alfredo reservada para los dos. ¿Tienes hambre? le preguntó y ella con la cabeza dijo que no, es que no podía ni decir una sola palabra. El le sugirió ir mejor a su piso, comerían más tranquilos y descansarían mejor. Marita ya no se pudo negar estaba tan extasiada por el momento que se dejó llevar.
Se recorrieron sin afán hasta el último centímetro de sus cuerpos. Hicieron el amor una y otra vez, toda la tarde hasta que vieron llegar las estrellas. Tomaron vino tinto, escucharon jazz y uno que otro merengue dominicano. Durmieron hasta las tres de la mañana, cuando despertaron sintiendo que tenían al otro al lado. Alfredo quiso comer algo pero no pudo; solo tomó agua y le ofreció a Marita pero ella lo único que quería era escucharlo a él terminar de contarle su vida. Sintió que odiaba a Margarita y todas las que habían estado alguna vez con Alfredo, -instinto de hembra- pensó. Y sonrió, queriendo quedarse para siempre al lado de Alfredito.
-Ahora cuéntame algo tú- le propuso Alfredo, y ella tranquilamente le respondió:- que quieres saber, mi vida sentimental, sexual, o afectiva. Por que yo las diferencio de esa manera, aunque si lo que quieres es enterarte si salgo con alguien, pues no, el último que salió conmigo quedó sin ganas después de perseguirlo por la plaza san francisco con un cuchillo en la mano por no comportarse muy bien- hubo un silencio y después muchas risas, Alfredo dijo:-estuve apunto de creérmelo de verdad, que casi me visto y salgo corriendo, no creo que tu seas una loca peligrosa, jajajajaja, vamos que no se me pasa por la cabeza, jajajajajaja no me hagas reír-. Pero aún la duda quedó dispersa en el ambiente…
Duraron tres semanas viéndose de diario, haciendo el amor, comiendo en cualquier parte, caminando por las tardes, durmiendo la siesta, y pasándola tan bien que ya estaban pensando en irse a vivir juntos. Por que cuando ella lo mira a él le dan ganas de pintarlo en el lienzo de su pecho y llevarlo prendido para siempre, pero cuando lo vuelve a mirar siente que no hay nada que hacer ni que pedir. Le gustaría sentarse a tejer en frente de él y ver como desaparecen los fantasmas en el cruce de una esquina sin nombre. Por que divinas son las facultades del amor que dejan flotar lo hermoso y desechar lo tenebroso. Quisiera ella unirse a él y él entregarse a ella. Entonces sueñan con dragones y estrellas, brisas y flores… él en ella, ella en él no todo es piel es el amor de madrugada que pisa, que pica y deja el veneno como hormigas rojas en las noches sin luna.
Alfredo estaba encantado, aunque a Marita solo le preocupaba algo, el sentirse atada a un solo lugar, si vivieran juntos el no iba a salir corriendo como ella que ya estaba acostumbrada, para irse vivir a donde fuera y como fuera, sin importarles nada, pues él no era así, el necesitaba sentirse en su tierra, en su sitio, en el que Dios le dio en el mundo. Marita una noche le planteó la posibilidad de irse a vivir a Budapest por lo menos durante un año y el se negó rotundamente. –Vete tú- le dijo en un tono seco y tajante, - a ti no te importa nada, te importas tú, así que vete- y como si no hubieran vivido tantas cosas bonitas, Marita tomó su bolso y salió de allí sin decir ni adiós.
Lloró como una Magdalena, se sintió estúpida, llena de barreras, aquellas que nunca había tenido en su vida ahora se las colocaba el amor, sentía rabia y angustia pesar y dolor, tenía que armarse de valor para no volver corriendo y pedirle perdón, pero reflexionaba que ella no tenía que pedir perdón de nada, lo único que había hecho era proponer un viaje y ya está. Así que se quedó sola en su casa sin contestar el teléfono, sin hablar con nadie, escuchando música vieja e imaginándose maneras diferentes de matar a Alfredo. La que más le daba placer era en la que lo tenía de frente y lo iba cortando poco a poco en rodajas con una máquina de cortar setos. Otra manera, que no era tan buena por que le parecía incómoda era ahogarlo en cerveza, una bañera llena de cerveza para que también de paso se ahogaran sus penas…
Sentía que debía dejarlo, no volverle a ver, y empezar de cero como siempre lo hacía. Llamó a la empresa que quería contratarla en Budapest y en una semana estaba sentada en el avión que la llevaría a nuevas experiencias, lejos de Alfredo, lejos de ella misma. La nueva ciudad era encantadora, espaciosa y distante de todo lo que la había hecho sufrir pero era extraño ese vacío que sentía en su interior, nunca le había pasado, estaba acostumbrada a ir y venir por el mundo sin extrañar a nadie, pero ahora era diferente, la presencia de aquel chico de cabellos negros y ojos brillantes la hacía perder su equilibrio. Solo pudo estar en Budapest cuatro semanas y media. De nuevo, armada de valor se devolvió a la ciudad donde se encontraba Alfredo, dispuesta a no buscarlo pero si a encontrarlo de nuevo como la primera vez.
Por eso dos semanas después de estar nuevamente en su piso, Saltó de la cama y quedó sentada, porque la despertó el sonido del teléfono, estaba segura de que aquella llamada era de él, lo sabía, lo percibía su corazón, la espera había terminado podría romper las barreras por que estaba decidida a que tanta soledad y tanto desarraigo llegara a su fin.

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